-El día que desconecté las máquinas que te mantenían con vida se me apagaron todas las luces –me dice sin que apenas pueda entender nada.
Aunque me siento extraño y furioso por no poder recordar el haberme mirado ya en aquellos ojos, según me había dicho mi psicóloga.
Mi médico había actuado con demasiada indolencia cuando me comunicó aquel extraño día en el hospital, recién despertado, que había estado muerto durante veinticuatro horas. Afirmaba, también, que un caso como el mío querría ser seguido de cerca por científicos experimentados en ciertos ámbitos y, cómo no, la prensa.
María, aquella supuesta conocida mía, me seguía mirando con miedo, temerosa de que dejara de respirar en cualquier momento. Parecía importarle más aquello que el angustioso hecho de que no la recordase.
-Pablo- siguió hablando-. Tú querías vivir, ¿no?
Me callo. Abro un silencio que sé que me va a costar cerrar.
-Porque, si me dices lo contrario, me voy a poner a llorar. Y eso me quitará las ganas de seguir luchando por tus recuerdos.
Joder, lo intento. De verdad que lo estoy intentando.
Repaso. Pablo no sé qué, estresado hombre de negocios, treinta y siete años. Casado con María no sé cuántos. Con una hija de cinco años que, me dicen, tiene unos ojos azules que no ha sacado de mí.
¿Que si quería vivir?
No lo sé.
Cómo respondo a una pregunta así a una desconocida que sólo tiene temor en la mirada.
Pero lentamente me viene a la cabeza que la rutina acabará por hacerme mi antigua vida mía de nuevo.
-Pues claro- le digo sonriendo, porque de eso sí me acuerdo.
2 comentarios:
Al menos, ya sabe de qué se trata eso que llaman estar muerto...
"Alegóricamente", claro.
:)
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