decías.
Todo empezó un día
que te acercaste y confesaste
que no me pintabas de juego,
que la poesía nos haría llaves
y que arrancaríamos las espinas
de nombres y cargas.
A partir de entonces
caminé sobre nieve atrevida
mientras en mi alma
trenzaba tú e incertidumbres.
Tracé demasiados momentos.
Te protegí con todas las pieles que merecías.
Pero de pronto llegó el frío
de tener que escribirte
para tenerte.
Y llegó la claridad,
tan fácil.
Nada y yo.
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