
Tengo una botella de Chivas en la esquina de mi escritorio. Está vacía y yo no he bebido ni una gota.
Hoy todo parece exacto, dentro de la costumbre, pero imagino que no es una buena forma de preludiar. Tal vez deba empezar por el principio.
Quizás deba centrarme en el verano del año pasado, cuando me preguntaba a mí misma si esto de la beca sería buena idea. Recuerdo que por aquella estación todo era confuso, henchido de incertidumbre. Salteaba los nervios agarrados a mi estómago con el ánimo de lo inexplorado.
Iba a estar bien, seguro que sí. Nueve meses fuera de casa, alejada de la familia y todas las cosas que me hacían ser en Madrid, es decir, iba, concienzuda y valientemente, a comenzar a ser por mí y nadie más, porque tampoco lo necesitaba.
Esos eran los hechos: situada en la capital, con una beca Erasmus al centro geográfico de Francia, con mi linaje repitiéndome constantemente todo lo que me iba a echar de menos, con las ganas llenas de novedades, una enfermedad con la que cargaba a mis espaldas desde hacía ya cinco años y una osada historia de amor iniciada veinte días antes de mi alejamiento. Siempre con fe en el amor (o en los imposibles) Yo, que no quería estar vedada por ningún parámetro, me arriesgo, me sujeto de un hilo extremadamente fino y me cuelgo. Con fe, insisto. Pero la fe no tiene brazos para salvarte, si caes en el vacío.
Y me caí, o se cayó, o me tiró, no sé..., esas cosas son difíciles de precisar. Aguantó lo justo, casi por compromiso para no tener que apabullarse ante los demás ni escuchar abucheos. De aquello han quedado cuatro cartas bastante apasionadas escritas en la distancia, una talla de madera llamada “El beso” y un silencio entre ambos, recóndito, incoherente, fatigoso y necio.
Pero vuelvo a adentrarme mal en mi relato.
Debo hacer notar que a mí (y a mi aventura) nos acompañó una de las almas con las que más he conectado en toda mi vida. Nuestra amistad se forjó a base de lágrimas, bailes, fiestas, exámenes, noches, chicos, poemas y muchas más cosas que el papel casi me obliga a omitir.
Eso por un lado; por otro, una recién conocida, amedrentada, como nosotras, por el viaje, y por la distancia que creía insalvable entre Noelia y yo.
Eso fue Rosa al principio: risas agitadas, trámites en el aire y miradas taimadas.
Pero ya ha pasado tanto...
Mi despedida la recuerdo como uno de los momentos más agónicos que haya vivido nunca. Tanto familia como antiguas parejas, como amigos se habían mezclado para decirme adiós. No sé cuánto tiempo se necesita para saber quién es importante para ti y quién no pero a mí me bastó poco para saber que debía volver algún día y que, algunas veces, era preferible distanciarse de lo que quieres para saber que lo quieres.
Evidentemente, la noche anterior a mi partida no logré dormir apenas unas horas. Mi hermana Elia quiso dormir conmigo por ser el último día y recuerdo escuchar su respiración mientras yo me imaginaba volando y temblando por el aire.
“Votre billet,s’il vous plait”
- Ya empezamos a oír francés- le digo a Noe mientras empiezo a buscar nuestro asiento en el avión.
Rosa va detrás y habla todo el rato. No alcanzo a escuchar lo que dice. Tal vez estoy demasiado ensimismada con mi casi huida. Sólo oigo lo nuevo y desconocido y, no sé por qué, en ese momento me pongo a tararear “La vie en rose” y me acuerdo de Humphrey Bogart en Sabrina.
- Yo me pongo aquí –dice Noe, dejando su abrigo en un asiento.
Yo me siento junto a Rosa. Me fijo en sus ojos. Son verdes, eso ya lo sabía, pero ahora brillan y le sale un curioso hoyuelo en la mejilla cuando sonríe.
Vamos a abrocharnos los cinturones, vamos a hacer todo lo que me digan, hasta llegar a Francia.
Ya hemos despegado. Noe parece asustada. No le gusta mucho el ruido de los aviones.
En hora y media estaremos en Lyon. Ya.
Después de una hora, estamos tomando un café en el aeropuerto de Lyon. Cada vez empieza a haber más confianza con Rosa y eso le permite ser más ella. Lleva el pelo recogido en una coleta con algún rizo corto suelto por la cara. Su camiseta es de un tono burdeos, ajustada, de manga corta y con aspecto desenfadado. Fuma y apoya el codo sobre la mesa mientras el humo se aleja en redondeles y sonríe sin tregua.
Nuestros encuentros se habían limitado a lo ordinario en estos casos; cafés para finiquitar cosas, citas para comprar los pasajes y alguna que otra conversación en la que nos habíamos implicado un poco más, lo justo, quedándonos, quizás, por lo bordes, para no comprometernos demasiado.
Francia era para Rosa perfeccionar oral y gráficamente su nivel de francés. Lo veía necesario porque estudiaba Filología francesa, además de cualquier otra cosa que le pudiera aportar el año.
Para Noe, Francia era la experiencia que debía vivir antes de acabar el año universitario.
A mí, sin embargo, se me antojaba todo más complejo, relleno de novedades, experiencias, caras aún en blanco, la lengua francesa, la independencia (y la dependencia), los distintos sistemas de enseñanza y un paraje nuevo.
Clermont está ya cerca de Lyon. Sólo debo tener un poco de paciencia y no ponerme muy nerviosa cuando los vea esperándome.
Está bien que vayan a buscarme, eso me obligará a hablar francés desde un principio y me traerá recuerdos de cuando ellos fueron a Madrid, con toda la familia.
Parece mentira, ya hace casi diez años de aquello. Si mi hermana Pati no hubiera hecho aquel intercambio en el instituto, ahora me vería más perdida que nunca.
Son muy atentos al venir al aeropuerto.
Espero no olvidar el nombre del padre, porque se me resiste un poco.
Estamos a punto de llegar. De nuevo me he sentado con Rosa que ya parece más mesurada y hasta seria. Yo miro a Noe y pienso en ella y en Fran. No sé cómo llevarán su relación de dos años y medio en la distancia. Siempre han sido infranqueables, pero nunca se sabe. No, seguro que todo va bien, además, él ha prometido ir a verla como mínimo una vez al mes, si el trabajo se lo permite.
Debemos abrocharnos los cinturones. Vamos a aterrizar. Bien. Ya llegamos. Ya llego a Clermont.
Cuando bajo del avión lo que primero me llama la atención es que hay sol. Pensé que todo sería gris, como Bélgica, pero no, hace sol y la temperatura es agradable, todo lo contrario que en Lyon, donde he pasado frío.
Un largo túnel hecho a base de cristales nos lleva a recoger las maletas y yo ya distingo a la familia francesa que tantos días atrás lleva invitándome a su ciudad. Han venido los padres y la hija mayor, Steph, con quien mi hermana Pati lleva manteniendo la amistad durante estos diez años.
¿Dos besos o tres? Aún recuerdo la primera vez que llegaron a mi casa. En aquella ocasión fueron tres besos pero ahora son dos.
- Tu as vraiment changé- me dice Steph.
Tiene razón. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos. Me han rondado muchas cosas en cinco años. En comparación con aquellos días me ven más delgada y más alta.
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