06 mayo 2011

Las manos de A. son arrugadas, más de lo que deberían serlo para un hombre de su edad. Son demasiado secas y pocas veces han sido acariciadas por las de una mujer.
Pero a él le sirven para sostener el vaso de whisky que ha dejado el camarero sobre la barra, al que le da las gracias en un gesto bastante torpe y taimado. Levanta lánguidamente el vaso, olvidándose de las arrugas. Lo mira detenidamente y se entretiene con los hielos. Los hace chocar, juguetea con ellos, los vigila a través de un guiño y permanece un buen rato mirando a través del cristal. Se mantiene así unos minutos, pero parece no descubrir nada nuevo.
Bebe despacio. Apoya el vaso en la barra casi desolada. Suspira y se permite el lujo de sonreírse cruelmente a sí mismo, pero poco, casi de medio lado y como tratándose de un gesto con cierta sospecha de burla.
Con gesto de aburrimiento, decide hacer caso a la televisión que parece mostrar una enésima y agotadora pelea entre famosillos de medio pelo, luchando por un billete más que otro.
Estira, de improviso, la espalda, como si quisiera adoptar una postura menos obvia y melancólica, y observa su alrededor, con cara del que es juzgado sin querer serlo. Mira el reloj y enarca las cejas. Se le ha hecho tarde. Saca la cartera, la abre y pone un billete sobre la barra al tiempo que llama la atención del camarero. Éste acude, lo mira con cierto aire de autosuficiencia cuando ve el vaso casi lleno y acepta su billete mientras desaparece con parsimonia.
A. se levanta y recoge un maletín marrón de piel que ha estado junto a sus pies todo el rato.
Se marcha sin despedirse ni hacer un leve gesto de cortesía.
Mientras camina, observa sus zapatos. Parecen un poco viejos y han perdido el brillo inicial. Pero le hacen juego con el maletín que lleva aferrado a su mano.
En unos pocos pasos más, llega a un banco. Se sienta. El maletín a su derecha, bien pegado a su cuerpo. Levanta la vista hacia un edificio que tiene frente a sí y que dice "Colegio público". Al lado de la puerta hay un grupo de mujeres que lo mira y cuchichea.
Mira el reloj y asiente. Algo logra captar su atención, pues dirige rápidamente la vista hacia la puerta del centro. De ésta empiezan a salir chiquillos revolucionados que miran a su alrededor, buscando en los adultos caras familiares reconocibles.
A. los observa durante unos minutos.
Después, sonríe.

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