
Desde que era podía recordar, Selena no había sido capaz de ver en otros colores que no fueran en rojo y el azul. Por eso, cuando la gente le preguntaba sus opiniones ante alguna combinación de ropa o sobre un cuadro ella respondía a su manera. Era la única condición a la que estaba acostumbrada.
Sus respuestas no siempre eran bien acogidas. Pero no tenían término medio. O lograba crear un ligero fulgor de maravilla en los ojos ajenos o éstos se nublaban y adquirían un matiz de desavenencia que a Selena le resultaba de lo más divertido. Al menos al principio.
Una vez uno de sus profesores le preguntó sobre el retrato literario de uno de los personajes de la novela que había de leer, ella contestó firmemente, que era como el recuerdo del primer pensamiento de amor de un moribundo abandonado.
Aquel año obtuvo un sobresaliente.
En otra ocasión, un amante le preguntó qué le parecía el anillo que le había regalado. Ella respondió que era como viajar a la playa con las ventanillas del coche abiertas. Cinco segundos después, aquel compañero advenedizo, le pidió que le devolviese el anillo y se despidió de ella con la excusa de ser incapaz de comprenderla.
Aquella fue la primera piedra que hubo de sortear por poseer esa particular visión. Después vinieron muchas más. Hasta que no tuvo más remedio que someterse a una frustración e incomprensión constante. Así que se creó en su alma un vacío oscuro y necio de ésos que mantienen tu vida en una persistente y fatigosa espera.
Lo peor de todo fue que, a medida que su malestar iba creciendo, los colores en los que percibía en mundo, se iban tornando cada vez más oscuros. Y aquello hacía que su mirada fuera mucho más insondable e inquisitiva que la de cualquier otra persona.
Un día, después de hacer el enésimo repaso de las formas y personas que había perdido durante su vida, se desnudó frente al espejo.
Observó su pelo, largo y rizado. Rojo intenso. Su piel era rojiza, suave y brillante. Sus ojos azules y profundos. Sus labios, purpúreos.
Se mantuvo allí, de pie y desnuda lo que ella habría juzgado que dura el presentimiento de paz de un condenado a muerte. Y cayó en la cuenta del lugar idóneo para ella.
Debía ser azul.
Debía ser profundo.
Debía tener rojos de coral.
Y debía ser inmenso.
Por eso se fue hacia la costa. Mantuvo sus pies mojados y húmedos el tiempo suficiente para que sus extremidades adquirieran escamas. Y encontró camaradas análogas a ella que, viendo el mar y sus honduras de otros colores, le regalaban las descripciones de imágenes en las que ella estaba adiestrada.
Con el tiempo, una de aquellas sirenas amigas, le preguntó por el gesto de su mirada.
Ella respondió que ni sabía ni quería hacerlo de otra manera.
Sonrió y dijo:
- Es como cuando invitas a alguien a adentrarse en ti, para que te vea como lo haces tú.
Azul.
Roja.
Intensa.
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