De entre la música y el alcohol que a ambos los había poseído, ella quiso armarse de valor y decirle lo que hacía ya cinco años le estaba sesgando el alma.
Esperó a que el momento justo viniese a susurrarle en el oído y, como en un acto de brujería, él se colocó a su lado. La miró, de forma que ella pensó que él también llevaba esperando ese acto durante años. Pero no podía estar segura. Nunca. Con él.
Cuando comenzaron a hablar ella estuvo segura de que todo iría bien. Por fin encontraría la paz y el bienestar que deja el encontrar el momento de dejar escapar a alguien que, durante mucho tiempo, te ha tenido el agarrado el corazón.
Curiosamente, él empezó a recitar unos versos de Rimbaud que hacían referencia a la libertad del hombre que hace lo que quiere en cada momento. Como él, pensó ella. No esperaba que la hubiese calado tan pronto, así que se sintió débil e indefensa.
-Veo que ya has olvidado a Rimbaud- dijo él mientras ella le daba un simbolismo caprichoso a aquella frase pues, años atrás, él le había dejado un libro del autor como muestra de su entrega más infinita y sincera.
-No- dijo ella agradeciendo que la música alta camuflase su temblor de voz-. No he olvidado a Rimbaud. Ni nada.
Ella pensó que aquella conversación, que no sabía aún hasta dónde se prolongaría, sería todavía más determinante de lo que ya había imaginado.
Como si tirase de una cuerda imaginaria atada a su corazón, le dijo:
-¿Qué tal estás?
-Borracho.
-Yo también, pero no me refiero a eso. No sé por qué siempre tengo la necesidad de saber que estás bien.
Él la miró desde la ternura y sonrió.
-Me alegra que tengas esa necesidad.
-No puedo evitarlo- dijo ayudada por el alcohol.
Otro silencio lleno de miradas.
-¿Tú estás bien? ¿Eres feliz?- le preguntó él sin haber contestado aún.
Ella asintió con la cabeza porque era la mejor manera de contestar esa pregunta a alguien a quien has querido de una forma especial pero también pensó que sería aún más feliz si no se hubiera encontrado con la necesidad de provocar ese momento entre ellos.
-Me alegro- dijo él tras aceptar su asentimiento-. A mí las cosas me van bien. No me puedo quejar- bebió de su copa y añadió-: Estoy mejor que cuando pasó lo nuestro. Aunque eso no es muy difícil.
Una pequeña punzada en el corazón y la duda de saber si la respuesta negativa le habría gustado más que aquélla.
Esa noche, la siguiente y las demás ella no supo cómo interpretar su respuesta. Si de forma hiriente o disfrazada a su antojo. Pero, en cualquier caso, se sintió liberada, con pena y melancolía, con ganas de haber ahondado más en lo especial que había en aquel chico, con ganas de no haber olvidado del todo a Rimbaud y orgullosa de haberle dicho a aquel chico ángel y demonio que lo quería y que siempre se vería acompañada por aquel jodido sentimiento.
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