Va a llegar el día no muy lejano
en el que me mire las manos vacías
y empiece a correr o me dé
por mandar al olvido a las personas.
No dentro de muchos años
comprenderé que desde la sombra
uno sólo encuentra placer
en observar a los que han dado
su sangre por él.
Cuando mi hija me acaricie la cara
entenderé que mi lugar en el mundo
ya no es una broma
y deje de sorprenderme
la gente que me invita a llorar.
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