09 junio 2009

También para C.

Era demasiado callado.
Sus silencios podían prolongarse
hasta tiempos imprecisos.
Era fácil,
asquerosamente fácil
abollarse con malos pensamientos
y sospechas de más de un minuto.
Recuerdo,
por ejemplo,
infinidad de días
en los que su melancolía
me hacía sentir muy pequeña.
Yo,
que pensaba que él no era suficiente para mí
- porque no se lo proponía,
no por otra cosa-,
me sentía absurda a su lado,
contemplando diferentes paisajes
o esperando sueños dispares.
Yo quería dragar en su alma,
en esa fragancia amarga
que parecía salir de su cabeza,
en ese temor constante
del que no quiere intentar nada
porque ya nació bajo un signo fatídico
y adverso.
Yo,
por aquel entonces,
ya me había cansado
de sueños incoherentes
e incumplidos,
de lugares que había pintado de azul
y se me había hecho morados,
turbios e indeseables.
Estaba harta
de buscar ojos incomparables
y no dar más que resbalones.
Lo gracioso
es que apareció de golpe,
como el correo importante
que se demora
sin saber bien por qué
o como las canciones
a las que le damos un sentido particular
de golpe,
después de haberlas oído
e ignorado durante mucho tiempo.

2 comentarios:

Luardid dijo...

Cómo me ha recordado un viejo amor, un amor de esos que te hacen sentir pequeñita y de pequeñita que eres te llenas en seguida, de él y de su grandeza.
Qué bonito lo que has escrito

Erev dijo...

Sí...ya ves...
Ambas sabemos que son de los que vuelven tarde o temprano...