
¡Qué historias más terribles se oyen por la calle! Una intenta hacer como si nada, dejar que el bullicio y la foule de la calle Carretas te mareen, pero no tienes más remedio que esperar la respuesta de la Mari de al lado: “Lo hicimos cuatro veces”, dice abriendo exageradamente la boca y mirando a su alrededor para ver si alguien escucha.
Y a ti que te da por reír, y la Mari que te mira y, con gesto cómplice y malévolo sonríe a su confidente. “Creo que lo he dicho un poco alto”. Una risita comedida.
Cuando ya has sobrepasado tus límites de la imaginación, haciendo uso de ella mientras te imaginas a la Mari (sin el –lyn) en obsoletas posturas, aceleras el paso y sonríes. Intentas hacer un esfuerzo y colocarte en el recuerdo diciendo una frase semejante o siendo la total protagonista de esas fantasías erótico-agotadoras. Pero, por ahora, lo único que aparece en tu mente es esa alma medio escondida de voyeur que lleva a Mari para arriba y para abajo.
“Cuatro veces”, repites mientras empiezas a introducirte ya en otra anodina conversación que mantienen dos pseudo-modernos grunges que se están haciendo un porro delante del oso (el que parece que está bailando un chotis con el madroño). El chico se quita de la cara una rasta mal hecha y con aspecto de cable de la luz, y afirma haberse leído un libro que es “la caaaaña” - es casi no recomendable ver la cara que pone cuando lo dice -. Aunque no te interese lo más mínimo saber qué hacen los más “modernos" en su tiempo libre, deceleras un poquito, disimuladamente, porque te mueres de ganas por comparar su gusto librario con el tuyo.
Pareces, incluso, decepcionarte, cuando no es capaz de recordar el título, y decides seguir adelante en tu visita no guiada por el Madrid del todo vale. Sabes lo que te queda; putas, chulos, maricones, snobs, tiendas de segunda mano...
La calle Hortaleza parece más tranquila, pero aquí se multiplican las Maris, que aparecen vestidas de lentejuelas y con botas que da vértigo mirar. Gracias a un golpe de suerte o la sexualidad de un amigo, ya estás metido en ambiente y conoces ese lenguaje secreto (del corazón, dicen algunos) y te enteras perfectamente de lo que significan toda esa clase de frases fashion y recortadas adrede. Con complejo de Boris venido a menos, te vas alejando sin dejar huella, porque no eres omnisexual y entonces, claro..., no mereces la pena, aunque tu interior esté ansioso por gritar rompiendo mandíbulas que eres lo más más del lugar.
Debes tener presente que cualquier cosa que te den por la zona es una invitación para una rave salvaje y dionisíaca que promete no tener olvido (aunque tú, como buen reivindicador del castellano, hayas tenido que buscar en el Collins la dichosa palabrita).
Siempre te queda el consuelo de ir al Palacio de Gaviria y juntarte allí con la crême (la única diferencia está en que éstos tienen más dinero e inundan sus fosas nasales con cocaína).
Es curioso que, con tal miscelánea de impresiones, no quiera quedarme sólo por encima y ande, constantemente, arrancando pellejitos.
2 comentarios:
Es un gusto leerte, aunque te noto muy crítica. Yo no soporto a las chonis, bueno, últimamente no soporto a casi nadie. Creo que me estoy volviendo antisocial.
No, no creo que estés antisocial.
Sí, estoy muy crítica y realista últimamente.
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